Ha amanecido un nuevo día. El sol salió. ¿Lo vimos? ¿Nos hemos fijado al menos en el aumento progresivo de luz? ¿Hemos visto cómo se va iluminando la ciudad, los edificios y las gentes?
¿Ha aumentado nuestra luz o seguimos en la oscuridad de la noche, en su refugio?
Una elige qué y dónde mirar, qué y cómo vivir. Una elige, por ejemplo, si entrar de golpe en el día con un fogonazo de luz de neón o dejar, como la noche, que el día aparezca paulatinamente, dejar, sencillamente, tranquilamente, en silencio, despacio…, que amanezca.
Yo me doy el gusto de llegar a la oficina y no encender las luces. Espero un poco. Descorro las cortinas amarillas y espero y dejo que la luz vaya entrando mientras los ordenadores se encienden. Y es un momento magnífico.
Como el de doblar la esquina mientras sales a fumar en lugar de quedarte en la puerta viendo edificios, sólo tienes que doblar la esquina para encontrarte con la inmensidad del mar azul y el sol de la mañana.
Son esas pequeñas cosas, como dijo Serrat, las que marcan la diferencia entre el cielo y el infierno. Porque no es lo mismo doblar la esquina que no hacerlo, dejar que amanezca que forzar el día. Una elige y el paisaje cambia (por fuera y por dentro)
Buenos y felices días lucecitas brillantes!